EL CORAZÓN EXTRAVIADO
El corazón
humano, alguna vez brújula de lo esencial, ha perdido su norte. Busca amar,
pero no sabe cómo. Anhela compañía, pero teme entregarse. En su confusión,
confunde afecto con posesión, deseo con necesidad, y amor con dependencia. Vive
dividido entre el miedo a estar solo y el miedo a ser herido, incapaz de hallar
la serenidad que nace del encuentro verdadero.
El amor, cuando olvida su origen, se convierte en una sombra de sí mismo. Se reviste de promesas, de rituales vacíos, de palabras que suenan hermosas, pero carecen de raíz. En un mundo que idolatra la apariencia, el corazón ha aprendido a fingir sentimientos, a venderlos en las vitrinas del ego, a transformarlos en espectáculo. Pero detrás de esa máscara late la soledad más profunda: la del ser que no se conoce ni se acepta.
El olvido del amor comienza por el olvido de uno mismo. No se puede amar lo que no se comprende, ni ofrecer lo que no se posee. La humanidad, en su carrera por conquistar el mundo exterior, ha descuidado el territorio interior: ese lugar donde el amor nace, crece y se transforma. Sin silencio, sin escucha, sin presencia, el corazón se vuelve un desierto donde solo habitan los ecos del pasado.
Y sin
embargo, en medio de la confusión, hay destellos que sobreviven: gestos
sencillos, miradas que aún abrigan, palabras que curan. Son como semillas que
resisten en el polvo, recordándonos que el amor no ha muerto, solo duerme. Pero
para despertarlo, el ser humano debe mirarse con honestidad y reconocer su
propio extravío.
El corazón no se pierde de golpe; se extravía poco a poco, en cada renuncia a la ternura, en cada miedo que lo encierra, en cada mentira que lo separa de su verdad. Recuperarlo no será tarea fácil, pero quizás allí comience la reconstrucción de una paz auténtica: no la paz de los acuerdos ni de las leyes, sino la paz que brota del amor reconciliado con su esencia.
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