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jueves, 5 de marzo de 2026

 

SI LO DISTINTO ES DIFERENTE, LO DISTINTO ES EXTRAÑO, LO DISTINTO CAUSA TEMOR… ¿POR QUÉ, ENTONCES, QUIERO SER DIFERENTE DEL OTRO?

 

Es probable que usted también se haya preguntado lo mismo.

Desde la infancia aprendemos que lo distinto incomoda. Lo que no se parece a nosotros, lo que no encaja en las normas, lo que rompe la costumbre, suele llamarse “raro”, “extraño” o incluso “peligroso”. La diferencia ha sido históricamente asociada al error, a la amenaza o al desorden. Por eso, ante lo distinto, el ser humano suele reaccionar con desconfianza, miedo o rechazo. Sin embargo, paradójicamente, muchos anhelan ser distintos, únicos, irrepetibles. Esta aparente contradicción revela una tensión profunda en la condición humana.

Queremos ser diferentes porque, en el fondo, deseamos existir de manera auténtica. Ser distinto no es únicamente separarse del otro, sino afirmarse como sujeto, reconocerse como alguien con una voz propia, con una historia singular, con una manera única de sentir, pensar y amar. El deseo de ser diferente nace del impulso vital de no desaparecer en la multitud, de no diluirse en lo homogéneo, de no vivir una vida prestada o dictada por otros.

Sin embargo, el temor a lo distinto no desaparece; se desplaza. Tememos la diferencia del otro porque nos confronta, porque nos obliga a cuestionar nuestras certezas, creencias y privilegios. Y al mismo tiempo tememos nuestra propia diferencia, porque ser auténticos tiene un costo: el riesgo del rechazo, la soledad, la incomprensión. Así, el ser humano vive atrapado entre dos miedos: el miedo al otro diferente y el miedo a ser diferente ante los demás.

En muchas sociedades, “ser diferente” ha sido convertido en una competencia y no en una expresión de humanidad. Se promueve una falsa diferencia basada en la superioridad, el poder, el éxito o la imagen. No se trata de aceptar la diversidad, sino de sobresalir, dominar o imponerse. Esta lógica pervierte el sentido de la diferencia y la transforma en desigualdad. Entonces, ya no quiero ser diferente para ser yo mismo, sino para valer más que el otro.

La verdadera diferencia, en cambio, no nace de la comparación ni de la rivalidad, sino del reconocimiento mutuo. Ser diferente no debería significar ser extraño, ni causar temor, sino enriquecer la experiencia humana. Cada ser humano es distinto no para separarse, sino para aportar al tejido común de la vida. La diversidad no amenaza la convivencia; lo que la amenaza es la incapacidad de amar y comprender lo que no se parece a nosotros.

Querer ser diferente, en su sentido más profundo, es un acto de fidelidad a uno mismo. Pero esta diferencia solo es humana cuando reconoce la dignidad del otro, cuando no necesita negar, excluir o violentar para afirmarse. Solo cuando dejamos de temer la diferencia —propia y ajena— podemos comprender que lo distinto no es enemigo, sino espejo: en el otro diferente también habita una parte de nuestra propia humanidad.

En el próximo artículo continuaremos analizando este tema tan contradictorio para muchos, pero esencial para definir lo que realmente somos. ¿Dónde radica entonces la igualdad como ser humano?


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