Desde
la infancia me acompañó una pregunta inquietante: ¿es normal la
violencia? A lo mejor usted siempre se ha preguntado lo mismo.
A
lo largo de la vida he escuchado con frecuencia afirmaciones que buscan
justificarla o naturalizarla: «siempre ha existido y siempre existirá», «la violencia es parte
de la vida», «el ser humano no sabe amar sin violencia». Estas
ideas, repetidas una y otra vez, terminan por construir una narrativa peligrosa
que presenta la violencia como un destino inevitable, casi como una condición
natural de la existencia humana.
Bajo
esta lógica se justifican prácticas que se reproducen especialmente en la
educación y la crianza. Se dice, por ejemplo, que hay que
educar con violencia porque el mundo es violento, o que hay que
educar con castigo para que el niño aprenda que en la vida adulta también
hay castigo. Estas creencias parten de la idea de que el
sufrimiento es una herramienta necesaria para formar el carácter, cuando en
realidad muchas veces lo que producen es miedo, resentimiento y heridas
emocionales profundas.
Existe
incluso una frase muy difundida que intenta equilibrar la relación educativa: «en una mano
está el amor y en la otra el rigor». Sin embargo, en muchas
ocasiones ese rigor
se traduce en castigo, sanciones o prácticas que buscan someter la conducta del
niño a reglas impuestas mediante la intimidación. Se cree que así se corrige y
se forma, pero rara vez se reflexiona sobre las consecuencias de ese
aprendizaje basado en la violencia.
La
violencia tiene una particularidad silenciosa: puede destruir en un instante todo
lo que el amor ha construido durante mucho tiempo. Cuando una
persona aprende a obedecer por miedo, lo que se forma no es comprensión ni
responsabilidad, sino sumisión o rebeldía. El aprendizaje basado en el castigo
deja huellas: inseguridad, dificultad para confiar, miedo a equivocarse o la
tendencia a reproducir la misma violencia con otros.
Por
ello, vale la pena preguntarse:
Si
educas con violencia, ¿qué aprende el niño? Aprende que el poder se impone
por la fuerza, que quien tiene autoridad puede dañar para corregir y que el miedo
es una forma válida de control.
Si educas con amor, ¿qué aprende el niño? Aprende respeto, empatía, responsabilidad y la capacidad de resolver conflictos sin recurrir al daño.
Las
expresiones populares también reflejan esta normalización de la violencia.
Frases como «aunque
marido pegue, aunque marido mate, marido es» revelan con crudeza
cómo el daño ha sido históricamente tolerado dentro de las relaciones afectivas
y familiares. Bajo estas creencias se oculta una profunda distorsión del amor,
donde el control, el sometimiento y el sufrimiento se confunden con compromiso
o autoridad.
Esta
normalización no surge de manera espontánea; es el resultado de un proceso de
aprendizaje social transmitido de generación en generación.
Desde temprana edad, niños y niñas observan y absorben modelos de relación en
los que la violencia aparece como un recurso válido para resolver conflictos,
ejercer poder o mantener el orden. Así, lo que debería provocar rechazo e
indignación termina convirtiéndose en algo cotidiano, silencioso y muchas veces
invisible.
Cuestionar
si la violencia es “normal” implica, en realidad, cuestionar
los cimientos culturales, educativos y emocionales sobre los que se han
construido muchas de nuestras relaciones humanas. No se trata
de negar que la violencia haya existido a lo largo de la historia, sino de
rechazar su legitimación. La violencia no es una expresión inevitable del amor
ni una condición necesaria de la vida; es una práctica aprendida que puede —y
debe— transformarse cuando el ser humano reconoce la dignidad del otro como un
valor fundamental.
Comprender
esto nos invita a replantear la forma en que educamos, convivimos y ejercemos
la autoridad. Porque la verdadera educación no se construye desde el miedo, sino desde
el respeto, y ninguna sociedad puede aspirar a la paz si
continúa enseñando la violencia como una forma aceptable de relacionarse con
los demás.

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