EL MUNDO QUE OLVIDÓ EL AMOR: EL ECO DE UN MUNDO VACÍO
Hace unos días, una mujer de unos treinta años se sentó a mi lado
en el bus. Se la veía profundamente abatida y, a los pocos minutos, inició una
conversación que me resultó extraña y desconcertante. Con voz tenue dijo: «Hubo
un tiempo en que el amor era el centro de la existencia». No lograba comprender
del todo lo que intentaba decirme; parecía una aparición surgida de algún
rincón oculto de la memoria. Continuó: «No se lo nombraba con palabras solemnes
ni se lo buscaba en promesas efímeras; simplemente fluía como la savia que
sostiene la vida; hoy, ese río parece haberse secado. Las calles están llenas
de voces, pero no de encuentros; las miradas se cruzan sin verse, y el corazón,
que alguna vez fue templo, es ahora territorio de paso. El amor —esa fuerza que
unía los fragmentos del alma— ha sido reemplazado por la prisa, la indiferencia
y la conquista de lo inútil».
De
pronto, una frenada brusca me despertó. Abrí los ojos y miré a mi lado: no
había nadie. Entendí entonces que todo había sido un sueño, de esos que llegan
cuando el cansancio de la noche anterior nos vence por un instante durante el
viaje.
Pero
el mensaje permaneció. Y es que el mundo, poco a poco, se ha acostumbrado a
sobrevivir sin amor y ternura. Hablamos de progreso, innovación y éxito, pero
detrás del brillo de las pantallas y los discursos triunfales se esconde un
vacío que nada material puede llenar. La humanidad, fascinada por su propio
reflejo, ha confundido el poder con la plenitud, el deseo con la entrega, la
conexión digital con el vínculo humano.
En esta época donde casi todo se compra y se desecha, el amor ya no se vive como una verdad profunda, sino como un adorno pasajero. La autenticidad se percibe como una debilidad, y la vulnerabilidad como un error. En su afán de protegerse del dolor, el ser humano ha levantado muros tan altos que ya no recuerda cómo se siente un abrazo sincero.
La
paz, sin amor, se vuelve una apariencia frágil: un silencio que oculta
desconfianzas, un orden que teme al caos, una calma nacida del cansancio y no
de la comprensión. Detrás de cada guerra —sea visible o interior— late la misma
herida: la ausencia del amor como principio de convivencia, como raíz de
sentido.
Quizá
este sea el mayor extravío de nuestro tiempo: haber olvidado que amar no es una
emoción pasajera, sino un modo de existir. Y mientras el mundo se enorgullece
de su razón, su técnica y su dominio, el alma humana se desmorona,
recordándonos que, sin amor, toda paz es apenas un paisaje en ruinas.

En mi opinión, para que esto suceda, muchos fingen ser de hierro, pero por dentro suplican un abrazo que los sostenga. Levantan muros para no sufrir, sin darse cuenta de que esos mismos muros los dejan solos, incapaces de dejar entrar a nadie. Y así, mientras muestran fuerza hacia afuera, por dentro se marchitan, porque sin abrir el corazón los gestos pierden verdad y las relaciones se quedan vacías. Al final, no es que falte amor; es que hay tantas defensas que el amor ya no encuentra por dónde entrar.
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