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jueves, 22 de enero de 2026

 

LA TENDENCIA DEL SER HUMANO A VER LO NEGATIVO QUE HACE EL OTRO

 

El ser humano posee una extraña y persistente inclinación a observar con mayor atención los errores, defectos y fallas del otro, mientras minimiza —o justifica— los propios. Esta tendencia, profundamente arraigada en la psique individual y colectiva, no es un fenómeno superficial: atraviesa la vida cotidiana, las relaciones afectivas, las organizaciones, la política y las estructuras sociales. Mirar lo negativo en el otro se convierte, muchas veces, en una forma de defensa, de control o de reafirmación identitaria.

Esta tendencia a mirar lo negativo se reproduce también en lo social y lo político. El ser humano tiende a fijar su atención en lo negativo más que en lo positivo, y los gobiernos no escapan a esta lógica: con frecuencia subrayan los errores de quienes les precedieron y, en algunos casos, buscan borrar incluso los logros y aportes valiosos del pasado.


En el plano relacional, esta tendencia erosiona el vínculo. Cuando la mirada se centra exclusivamente en lo negativo, el diálogo se convierte en acusación, la crítica reemplaza a la comprensión y la relación se torna un espacio de poder más que de encuentro. Parejas, familias y comunidades terminan atrapadas en dinámicas de reproche constante, donde nadie se siente realmente visto, escuchado o validado. El otro deja de ser un semejante para convertirse en un adversario moral.

Desde una perspectiva psicológica, esta inclinación puede comprenderse como un mecanismo de autoprotección del yo. Reconocer las propias sombras implica un trabajo interno doloroso, que confronta la imagen idealizada que cada persona construye de sí misma. Resulta más sencillo desplazar aquello que incomoda hacia el exterior, proyectando en el otro lo que no se tolera en uno mismo. De este modo, el error ajeno se convierte en un espejo evitado: se observa con dureza precisamente porque revela aquello que no se quiere mirar.

Desde una dimensión ética y social, la insistencia en lo negativo del otro cumple además una función de superioridad moral. Juzgar al otro permite sentirse momentáneamente mejor, más correcto, más “normal”. Así se construyen discursos de exclusión, estigmatización y deshumanización: el pobre, el migrante, el diferente, el disidente o el vulnerable son definidos por aquello que “hacen mal”, negando su dignidad y su historia. La violencia simbólica nace, muchas veces, de esta mirada parcial y deshumanizante.

No obstante, esta tendencia no es inevitable ni inmodificable. El ser humano también posee la capacidad de conciencia reflexiva, empatía y autocrítica. Desplazar la mirada del juicio hacia la comprensión no significa justificar el daño, sino reconocer que todo comportamiento humano está atravesado por historias, heridas, miedos y condicionamientos. Mirar al otro con profundidad implica asumir que nadie es solo su error, así como uno mismo no lo es.

Transformar esta tendencia exige un trabajo interior y colectivo: aprender a reconocer las propias sombras, desarrollar una ética del cuidado y promover espacios de diálogo donde el error sea comprendido como posibilidad de aprendizaje y no como condena. Solo cuando el ser humano deja de mirar al otro como un enemigo moral y comienza a reconocerse en su fragilidad compartida, se abre la posibilidad de relaciones más humanas, justas y conscientes.

En definitiva, ver lo negativo que hace el otro dice menos del otro y más de la forma en que cada sociedad enseña a mirar, juzgar y relacionarse. Cambiar la mirada no es un gesto ingenuo: es un acto profundamente transformador, capaz de romper ciclos de violencia silenciosa y de devolverle al ser humano su condición más esencial: la de ser un otro digno de comprensión.


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