UN MUNDO DE
SUPERIORIDAD, UN MUNDO DE MENTIRAS
¿Por qué lo primero que aprendemos es a mentir? Desde la infancia, se nos enseña —consciente o inconscientemente— a ocultar quiénes somos. Adoptamos una imagen construida para agradar, una máscara que disfraza nuestras vulnerabilidades y nos ofrece una sensación de protección frente a quienes podrían aprovecharse de ellas. Esa máscara se convierte en un escudo, una forma de sobrevivir en un entorno donde la apariencia vale más que la verdad.
Queremos agradar, ser aceptados, sentirnos parte. Pero en ese proceso, nos perdemos entre lo que mostramos y lo que realmente somos. Surge entonces una grieta silenciosa entre la apariencia exterior y la experiencia interior. En esa disonancia habita una pregunta profunda: ¿es posible ser auténticos en una sociedad que premia la simulación y castiga la verdad?
En este mundo de superioridad en el que vivimos, ¿Qué difícil es
ser auténticos?, ¿Cuán difícil es decir la verdad?
En el siguiente artículo veremos que ser auténticos es un camino
de transformación personal y colectiva; sí podemos, solo necesitamos una gran
dosis de voluntad, de querer serlo.
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